jueves, 15 de enero de 2015

249.

Es una historia de <<neuronas espejo>>: cuando se mira a alguien hacer una acción, las mismas neuronas que activa esta persona para hacer lo que está haciendo se activan a su vez en nuestra cabeza, sin que nosotros movamos un dedo.

[...]

Bueno, entonces, ¿qué? ¿Es este el movimiento del mundo? ¿Un íntimo desfase que arruina para siempre la posibilidad de perfección? Me tiré al menos treinta minutos de un humor de perros. Y de pronto me pregunté: pero ¿por qué querría uno a toda costa que la alcanzase? ¿Por qué duele tanto cuando el movimiento no está sincronizado? No es muy difícil adivinarlo: todas estas cosas que pasan, que fallamos por poco y malogramos ya para siempre, eternamente... Todas estas palabras que deberíamos haber dicho, estos gestos que deberíamos haber hecho, estos kairos fulgurantes que surgieron un día, que no supimos aprovechar y que se sumieron para siempre en la nada... El fracaso por un margen tan pequeño... Pero sobre todo se me vino a la mente otra idea, por lo de las <<neuronas espejo>>. Una idea perturbadora de hecho, y vagamente proustiana (lo cuál me pone nerviosa). ¿Y si la literatura no fuera sino una televisión que uno mira para activar sus neuronas espejo y para proporcionarse a bajo coste los escalofríos de la acción? ¿Y sí, peor aún, la literatura fuera una televisión que nos muestra todo aquello en lo que fracasamos?
¡Vaya un movimiento del mundo! Podría haber sido a perfección pero es el desastre. Debería vivirse de verdad pero es siempre un disfrute por poderes.
Entonces os pregunto: ¿por qué permanecer en este mundo? 



La elegancia del erizo - Muriel Barbery

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